y el oscuro asiento de tu sueño revolvió mis baldosas.
No podía pensar que tú y el vino
y yo y el vino
se fueran a convertir en el único puto motivo que me hiciera devorar sueños
pero así fue.
Después, sellaste con un beso
medio robado y falto de amor
el eco purificado de mi propio cuerpo.
Y yo no pude negarme; no sé por qué, pero no pude
y entonces perdí la cabeza, y las caderas
y ví entre tus piernas un nido de amor en el que decidí enterrarme.
Te vestías de blanco cuando te desnudabas
y el brillo de agua con el que a veces me mirabas
me bordaba en el pecho un visado de turista
con derecho a alguna visita guidada.
Guiada por tu cuello, tu espalda, tus orejas
hasta el mismo precipicio de tu ombligo,
donde pagaba yo
ronda tras ronda
esperando a cambio solo una cosa,
el arañazo que me dabas en la espalda
y que me abría el pecho y encendía mis piernas,
porque aunque no lo notaras,
yo también temblaba.
De a poco, fue naciendo un seguir vivo
y también dolido,
que comenzaba a llenar de marcas mi tarjeta de metro,
que era testigo de la fugacidad de mis visitas.
Esas visitas en las que abrías la puerta con miedo, y sin minifalda,
con ese brillo de Sol en tu pelo, que creo que aún conservas,
como sigues conservando miedo y llantos
por haberte y haber corrido sin ni si quiera
haber y haberte movido
del palacio de sombras en el que conviertes tu habitación
cada noche.
Supe después, que imaginabas silencios y dudas
cuando te soltabas de los brazos, que no eran los míos.
Supe que imaginabas paisajes de llanto y de abrazo de redención,
y que yo en ese plan no entraba.
"Las cosas llevan su tiempo", me decías,
y yo pensaba
que follarte y follarnos también lo llevaba
y a eso,
si que se lo dedicábamos.
Pero al fin, llegó el momento en el que las cinco letras de tu nombre
dejaron de ser suficiente.
El instinto de comprenderte
me acompañó al portal que me pasé limpiando más de un verano;
y así volví a jugar a que ese fuera mi escondite.
Pero como ella sabe, esto no fue el fin, pero si
un punto y aparte.