Horas,
en las que los relojes de la despedida
nos maltratan con su sonrisa.
Horas,
en las que una ligera brisa
de violencia y desconcierto
ensalza los errores malvestidos
y nos muestra, de manera irrefutable,
los suspiros que no dimos,
las razones que dejamos en el camino;
una a una,
las confidencias impacientes que nos guardamos,
las presunciones de castigo
que nos condenan
hoy más que nunca
a la inocencia del latido primigenio.
Es en esas horas,
en las que la identidad de posesión que me pides
suenan a espantosa pausa;
a la que queda, entre el giro de cabeza
y el sonido absurdo que dejas tras puerta.
Y es que, en esas horas,
me siento como marioneta de sombras,
crueles y conformistas
ante la elegancia de una crisis que perpetúas
absorbiendo identidades de sueño y de poesía;
en lluvias metafísicas
que me hacen sentir, a la vez,
bello y encarcelado.
Si, en esas horas;
en las que la dialéctica
le escupe a la cara
a la orden irreductible de nuestro tiempo.
En ésas,
cuando vuelven a irrumpir
los sarcasmos del privilegio de no tenerte;
cuando de nuevo
defino las polémicas de injusta legalidad
sobre la mutuación final;
la tuya,
la mía,
la nuestra.
Ahí es dónde me encuentro.
En esas horas.


