La venganza que cae entre tus pìernas,
cuando mi cabeza y la otra
y aquella, y aquella otra
y la de más allá
faltan a la cita con tu incosistencia,
hace vibrar la tinta que después encarcelas
lágrima en mano y pluma sobre mejilla, o al revés.
Y es que tu resbalón de ayer por la mañana
no deja de ser el producto
del subproducto
del error de una manufactura que no pediste;
que te llevaron a la cuna sin saber
que inundó tus ojos bañados de tierra y de verde;
Ojos que hoy, como otro día,
un lunes
lloran porque no se zafan de la huella de lo que no eres.
Si continúas creyendo que el río que tu ves
es el que abastece la llanura azul,
a veces color granado, a la tarde,
es que no abriste los ojos
por mucho que aprietes en que sí.
Cuando lo hagas, si lo haces,
verás que el sí vive en tu mano
la del método pragmático.
Esa mano que besas y muerdes de forma pareja
como una reverencia al dios del desprecio por la verdad.
La noche sigue haciéndose cada vez más honda y plegada.
Pero tú, con tu maquillada desmesura
sigues pensando que la divina orden de tu olvido
es la que rige el mundo.
Qué la luz roja de tu pasado es sólo un destello inesperado;
un ídolo al que sólo tú rindes culto
y vistes de cotidianidad con palabras
que si bien son oportunas, no sostienen un ápice de verdad.
Vacuo mensaje color apariencia;
versos y estrofas de razones a cambio de un descanso,
un resquicio de redención.
Tu belleza y tu pobredumbre rivalizan por el trono de tu ser.
Las más altas aspiraciones arrodilladas ante las ruinas de una vida añorada.